Sabía que iba a tí, no que te encontraría.
La tarde era un camino rumbo hacia todas partes,
y yo andaba por él como un niño perdido.
En la noche era un solo llamarte y no encontrarte.
Oyó el cielo mi grito? Oyó tu nombre el cielo?
Tu nombre no pasaba de un arrullo de tórtola.
El grito que nacía de mis siete puñales
se movía en mis labios y quedaba en la sombra.
La noche era un camino rumbo hacia todas partes.
Yo, por suerte, llevaba la lámpara encendida.
Me picaron los ojos dos silbos de calandria
y te encontré en mis lágrimas para toda la vida.
Gaspar Benavento