lunes, 29 de junio de 2015

SONATINA


La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa  de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

Rubén Darío

domingo, 28 de junio de 2015

SETENTA BALCONES Y NINGUNA FLOR

Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?


La piedra desnuda de tristeza agobia,
¡Dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta bobo de ilusiones?


¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?


Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave...

¡Setenta balcones y ninguna flor!

Baldomero Fernández Moreno

martes, 9 de junio de 2015

SABADO


         
Me levanté temprano y anduve descalza
por los corredores: bajé a los jardines
          y besé las plantas
Absorbí los vahos limpios de la tierra,
          tirada en la grama;
Me bañé en la fuente que verdes achiras
circundan. Más tarde, mojados de agua
peiné mis cabellos. Perfumé las manos
con zumo oloroso de diamelas. Garzas
          quisquillosas, finas,
de mi falda hurtaron doradas migajas.
Luego puse traje de clarín más leve
          que la misma gasa.
De un salto ligero llevé hasta el vestíbulo
          mi sillón de paja.
Fijos en la verja mis ojos quedaron,
          fijos en la verja.
El reloj me dijo: diez de la mañana.
Adentro un sonido de loza y cristales:
Comedor en sombra; manos que aprestaban
          manteles.
Afuera, sol como no he visto
sobre el mármol blanco de la escalinata.
Fijos en la verja siguieron mis ojos.
          Fijos. Te esperaba.


Alfonsina Storni

domingo, 31 de mayo de 2015

SABÍA QUE IBA A TI

Sabía que iba a tí, no que te encontraría.
La tarde era un camino rumbo hacia todas partes,
y yo andaba por él como un niño perdido.
En la noche era un solo llamarte y no encontrarte.

Oyó el cielo mi grito? Oyó tu nombre el cielo?
Tu nombre no pasaba de un arrullo de tórtola.
El grito que nacía de mis siete puñales
se movía en mis labios y quedaba en la sombra.

La noche era un camino rumbo hacia todas partes.
Yo, por suerte, llevaba la lámpara encendida.
Me picaron los ojos dos silbos de calandria
y te encontré en mis lágrimas para toda la vida.

Gaspar Benavento




GENTE


Hay gente que con solo decir una palabra 
Enciende la ilusión y los rosales; 
Que con solo sonreír entre los ojos 
Nos invita a viajar por otras zonas, 
Nos hace recorrer toda la magia. 

 Hay gente que con solo dar la mano 
Rompe la soledad, pone la mesa, 
Sirve el puchero, coloca las guirnaldas, 
Que con solo empuñar una guitarra 
Hace una sinfonía de entrecasa. 

 Hay gente que con solo abrir la boca 
Llega a todos los límites del alma, 
Alimenta una flor, inventa sueños, 
Hace cantar el vino en las tinajas 
Y se queda después, como si nada. 

 Y uno se va de novio con la vida 
Desterrando una muerte solitaria 
Pues sabe que a la vuelta de la esquina 
Hay gente que es así, tan necesaria.

Hamlet Lima Quintana

sábado, 8 de septiembre de 2012

VOLVERÁN LAS OSCURAS GOLONDRINAS...


Volverán las oscuras golondrinas 
en tu balcón sus nidos a colgar, 
y otra vez con el ala a sus cristales 
jugando llamarán. 

Pero aquellas que el vuelo refrenaban 
tu hermosura y mi dicha a contemplar, 
aquellas que aprendieron nuestros nombres... 
¡esas... no volverán!. 

Volverán las tupidas madreselvas 
de tu jardín las tapias a escalar, 
y otra vez a la tarde aún más hermosas 
sus flores se abrirán. 

Pero aquellas, cuajadas de rocío 
cuyas gotas mirábamos temblar 
y caer como lágrimas del día... 
¡esas... no volverán! 

Volverán del amor en tus oídos 
las palabras ardientes a sonar; 
tu corazón de su profundo sueño 
tal vez despertará. 

Pero mudo y absorto y de rodillas 
como se adora a Dios ante su altar, 
como yo te he querido...; desengáñate, 
¡así... no te querrán!


Gustavo Adolfo Becquer